Capítulo 5º

        LA 1ª MARCHA NOCTURNA

        (EL PAN DE CADA DÍA)

 

Tras nuestra primera marcha, diurna, vendría nuestra primera marcha nocturna con su preparación anterior (equipo, pintura, etc.).

Por la tarde se nos dio tiempo para prepararnos nosotros y el equipo para una marcha nocturna. Teníamos que llevar mochila de combate, armamento, correaje, gorro de lana, etc. Nosotros teníamos que pintarnos la cara y manos o usar guantes marrones. Intentar silenciar el equipo con cinta aislante u otro medio, tapar zonas metálicas o reflectantes.

Nos pusimos manos a la obra, cubriendo con cinta hebillas, botones o cualquier parte metálica que brillase, ajustábamos el equipo al cuerpo para evitar que se moviese causando molestias o ruidos y nos pintamos las caras.

En aquella época usábamos para este menester un articulo común y despreciable en cualquier ocasión, algo que hasta ahora tirábamos y desechábamos comúnmente sin ningún tipo de pudor, pero que a partir de esa noche se convertiría, por la cantidad de veces que lo usaríamos a lo largo de nuestra estancia en la UOE, en un elemento deseado y buscado sin descanso; un objeto que recogíamos y guardábamos donde lo viésemos ante el asombro de nuestros cursos del batallón, a los que se lo solicitábamos sin descanso cuando los veíamos en un sitio concreto del cuartel. Este objeto tan necesario para nosotros no era ni más ni menos que un simple tapón de corcho, algo que hasta entonces después de destapada la botella a la que pertenecía todos tirábamos pues jamás tuvo una utilidad personal. Ahora necesitaríamos tener varios de ellos constantemente pues servia cada uno para unas pocas aplicaciones.

Su uso era elemental y simple a la par que necesario y supuestamente vital para nuestras actividades. Se quemaba con la llama de una vela y en cuanto se enfriaba lo suficiente, nos pintábamos la cara totalmente con ese trozo de carboncillo de corcho. Era una práctica divertida pero sumamente molesta, sobre todo cuando tras la primera capa de carboncillo se ocultaba una brasita aun sin apagar. El compañero de turno te aplicaba el corcho y te quemaba cruelmente la piel al tiempo que un grito de dolor salía de nuestra boca, eso sin contar lo fastidioso que era aplicarlo con barba de varios días.

También a veces por evitar el continuo quemar-enfriar-aplicar se intentaba aprovechar al máximo la parte quemada y se frotaba con saña la cara del otro para aprovecharlo todo lo posible. Con el consiguiente daño lesivo en la piel, la cual se irritaba y escocia con tanta raspadura.

Una vez negros como el tizón, y ajustado e insonorizado el equipo se nos pasaba revista. Esta consistía en una revisión ocular y otra manual para comprobar la fijeza de cargadores cantimploras etc.

Por ultimo se nos hacia dar saltitos en el lugar que ocupábamos para comprobar la insonorización total. Saltábamos pero como era de esperar, en esa fase de aprendizaje hacíamos ruido por todos lados, parecíamos mulos de cacharrero u hojalatero, las llaves que no habíamos dejado en el campamento (como si fuésemos a ir a casa después de la juerga), la cadenita de la novia con las medallas de la virgen, el santo y a saber que más, la dichosa cantimplora que estaba a medio llenar, esas botas sin engrasar que chirriaban como demonios y como no la calderilla que nadie dejaba y llevábamos como si fuéramos a ir a coger el autobús o a tomar café bajo una encina (éramos pelones nuevos e inexpertos, pobres).

Íbamos saltando ante el sargento y algunos parecían mas una cacharrería ambulante que un guerrillero, clinc... clinc.. clanc... clanc de los sonidos metálicos... glu glu glu de la cantimplora... ñic ñic ñic de las botas... etc. Podríamos haber hecho una orquesta con tantos sonidos.

Rápidamente se nos mandaba remediar estos inconvenientes, lo cual hacíamos a la consabida carrera.

Antes de salir de marcha, se nos daban ciertas indicaciones de que hacer y que no. No hablar, No fumar, No toser, no separarse del de adelante mas que lo que la vista permitiese, andar mirando al suelo, ir despacio y no correr, no beber agua durante la marcha, etc.

Comenzamos con todo este bagaje nuestra marcha por la sierra de la plata (si no recuerdo mal). Recuerdo a aquellos compañeros esperpénticos, esa fila de marcha surrealista, fantasmagórica salida de un cómic de terror, esas caras negras de las que solo se percibía el brillo de los ojos. Era digno de vernos, no éramos una fila de soldados, de guerrilleros si no mas bien una fila de monstruos pelados, tiznados, jorobados (por la mochila de combate), encogidos y desastrosos como si fuéramos monstruos de un circo ambulante de principios de siglo XX o finales del XIX.

Dios como se asustaban los paisanos que tenían la mala fortuna de toparse con nosotros por algún canino del monte, o de vernos salir tras unos matorrales en medio de la noche, por no decir el susto que producíamos a las 3 o 4 de la madrugada en una noche infernal, de lluvia y viento, cuándo perdidos llamamos a la puerta de un caserío solitario en medio de la nada (eso lo relatare mas a delante)... O como tenían que sentirse (algo que le ocurrió a otros) una pareja de enamorados, que en plena acción amatoria, vieron aparecer tras los arbustos que les ocultaba a semejantes seres a las tantas de la noche en un paraje solitario.... creo que amen de romper definitivamente el encanto de la noche de amor, corrían como posesos dejándose en el camino las prendas mas intimas que llevaban. No se si volverían a practicar el amor en el campo, imagino que no; que a partir de esa experiencia místico-extraterrestre..... Irían a una pensión o se casarían rápidamente para tener su casa, pues yo en su lugar no habría ido jamás de los jamases ni al campo ni en el “SIMCA 1000”... pobre pareja.

Pues bien, comienza la marcha como dice el refrán “cualquier viaje por largo que sea comienza por un primer paso”. Así con un primer paso se inicio la peripecia. Peripecia si, por que realmente y después de haber hecho muchas marchas nocturnas de aproximación e infiltración y otras muchas de exfiltración y evasión; esta primera marcha no fue más que una peripecia.

Al adentrarnos en el denso matorral y arbolado de la sierra, comenzamos a darnos cuenta de lo ínfimo que es uno ante la inmensidad y la fuerza de la naturaleza, la oscuridad cayo sobre nosotros despiadada, negándonos el mas usado y útil de nuestros sentidos, “la vista”. Sin darnos cuenta agudizamos el oído y el sentido del tacto pues andábamos más que con la vista palpando los arbustos con las manos y las piedras y demás obstáculos a ras de suelo con los pies. El oído nos servia para darnos cuenta de los porrazos que otros daban y evitar en lo posible dárnoslos nosotros (cosa inevitable). El medio nocturno nos era totalmente hostil ajeno a nuestra percepción de la realidad, sentíamos que miles de ojos nos vigilaban, no percibíamos las distancias y cualquier matojo parecía un animal o persona agazapado al acecho.

En algunos el miedo hizo mella, y se sentían perdidos ante tanta oscuridad e inmensidad. Para ellos cualquier ruido natural pasa a ser ipso facto un ruido sobrenatural. En estas situaciones nos dimos cuenta que los listillos de las grandes urbes (Madrid, Barcelona, Valencia) que lo mas parecido al campo que habíamos visto era una onza de chocolate, éramos unos perfectos estúpidos e ignorantes; éramos nosotros los “PALETOS” en este territorio y los que venían del campo de pueblos dedicados a la agricultura, a la tala de árboles o que tenían algún oficio de tipo forestal eran ahí los doctos en la materia y no los aldeanos ignorantes que pensábamos que eran. Estos sabían andar por el campo, se aclimataban inmediatamente a la naturaleza y esta no conseguía amedrentarles. A estos les asignábamos el apelativo de “TRONCOS” por lo brutos y burros que nos parecían en el cuartel.

Al cabo de una cierta distancia y cuando la luz artificial de los pueblos, caseríos, carreteras, etc. no iluminaba en absoluto nuestro caminar comenzamos a sufrir en nuestras carnes la naturaleza y la torpeza nuestra y de los demás. De cuando en cuando se oía un estrepitoso “OSTIASSSSSSSSSSS”, que desgarrador rompía el silencio de la noche, o bien un “JODERRRRRRRR” o palabras similares que acompañaban en armonía pareja al sonido producido por la caída estrepitosa de alguno de nosotros, normalmente alguno de cabeza... A estos sonidos de batacazos, dolorosos a veces y siempre molestos, le seguía en pocos segundos el sonido de la caída del que iba detrás del que caía primero; luego el siguiente ya si casi como si de una cadena se tratase casi todos, salvo los que he indicado como TRONCOS, que no caían apenas y si lo hacían era por la torpeza de algún listo de turno.

Éramos como una película de cine mudo, una fila de elementos que tropezaban y caían casi constantemente. Andábamos hacia adelante sin saber que es condición de este tipo de marcha pararse en el obstáculo, esperar al que te sigue, indicarle el objeto del obstáculo y seguir, así el siguiente y como este todos hasta el último.

Tampoco se nos ocurría que cuando el primero aparta una rama molesta que esta a la altura de la cara, (por cierto que mala baba tenia la naturaleza TODAS LAS RAMAS DEL MUNDO ESTAN A LA ALTURA DE LA CARA independientemente de la altura del árbol o individuo) se apartaba y se aguantaba con la mano hasta que era sostenida por el de atrás y así sucesivamente. PUES NO, no señor se apartaba la rama hacia delante y una vez pasada se suelta, que esta es la manera de que con el efecto tensor de la propia rama le sacuda en toda la cara al que te sigue un buen leñazo. Leñazo que sirve para joderle y que el a su vez se acuerde, amablemente de tus familiares muertos y vivos. Pero amigo esto no es solo para el primero que lo hacia pues este simpático compañero que se acordaba de “tus muertos” y de “la madre que te parió” mientras soltaba la rama que le había calentado el hocico y que casualmente se lo calentaba al siguiente el cual pensaba al tiempo lo mismo del de adelante. Con lo que se conseguía una retahíla de sonoros golpes de rama contra cara acompañado de una retahíla de ofensivos insultos familiares.

Entre los ramazos altos, las ramas bajas, raíces, piedras, agujeros, etc. eso era la leche. De silencio apenas nada, el personal gruñía, se caía constantemente, parecíamos una fila de elefantes torpes caminando por una cacharrería con el suelo encerado, no era esto como el refrán que dice "el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, ese no es aplicable en este caso, mas bien diría yo “el hombre es un animal que cuando va en fila de noche todos tropiezan con todos los obstáculos del camino”.

En fin para no cansar mas solo diré que la marcha fue corta pero jugosa, lenta pero aparatosa, suave pero dolorosa. Y sin hacer relato de todas aquellas jaras resinosas, zarzas que hendían sus espinas en nuestra piel, pinos bajos, piedras sueltas y un sin fin de cosas mas. A lo que añadir que los monitores y el sargento nos acosaron durante toda ella a gritos y “golpecitos” ante nuestros numerosos errores.

Por fin llegamos y dormimos unas horas, al despertar tuvimos que quitarnos el tizne que nos cubría la piel de la cara. No fue nada fácil la tarea, ni con jabón Lagarto salía el condenado tizne, tras frotarnos durante mucho rato no conseguíamos quitárnoslo del todo, eso se iría tras varios lavados. Pro si descubrimos que bajo el color negro que nos cubría teníamos innumerables marcas y heriditas hechas por las ramas que nos golpeaban en la cara. Éramos un mini mapa, que majos estábamos.

Recuerdo ahora con alegría y buen humor esa marcha “de calentamiento” pero que mal lo pasamos en ese momento, fue desesperante, frustrante y agotador.

 

 

 

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